MADRID ME MATA

Pues sí, me mata.
Posiblemente sea, de las que conozco, la única ciudad donde quiero vivir, aunque acabe conmigo.
Estos días de verano, Madrid es una olla a presión, donde todos nos cocemos poco a poco en un caldo de confusión, lipotimia e insolación.
Madrid nunca se para y a las tres de la tarde la Gran Vía, esa cicatriz antigua y congestionada que parte en dos el centro, parece la M40 en hora punta. Ríos de gente se desplazan arriba y abajo, luciendo palmito sudoroso bajo un sol abrasador, porque aquí no hay sombra (señor Gallardón: el verde luce bien bonito, dígaselo usted a mis mariposas, menos zanjas y más árboles).
Los incautos deshidratados se refugian en los comercios en busca de un soplo del aire reparador y, a ser posible, frío. Fuera, en la calle, los aparatos de refrigeración escupen al viandante un aire caliente y denso, cargado de un tufillo metálico, que contribuyen al calentamiento global del personal.
Da igual que sea verano o invierno: Madrid es un invernadero, no tiene punto medio, si estás dentro te quemas y si no también. Porque estar lejos de aquí se siente bajo la piel, y pica, duele y te salen ronchas que sólo se curan cuando vuelves.
Madrid no tiene playa (ni Camp Nou), ni falta que hace. Tenemos Madrid que ya es mucho.
De Madrid al cielo.
Tenemos Retiro, Latina, Plaza España, Rosales, Chamberí, Recoletos, Sabattinni, Lavapiés y Vallecas. Tenemos mucho más.
Aquí hay para todos y aún sobra. Aunque a veces sobremos todos. Tenemos fiestas y toros, y la sierra...
Quien no conoce Madrid no sabe lo que se pierde. Yo que soy de Madrid, estoy deseando escapar, porque regresar a Madrid siempre es una recompensa.