Quemábamos las horas persiguiendo el amanecer un domingo tras otro. El asfalto de Madrid fue nuestra pista de baile, semáforos y neones estrellas fugaces pasando veloces a izquierda y derecha de mi melena. La ciudad dormía. Tú y yo volábamos. Dos ruedas, dos cuerpos, un solo motor e infinitas calles sobre las que cabalgar. Cuero, tabaco, hielo. Noches insomnes descubriendo paisajes de cristal y hormigón, compartiendo secretos al oído sueños imposibles y caricias prohibidas. Rock, rímel corrido y unas RayBan perdidas. Besos furtivos en tu nuca, piel caliente y un pañuelo oscuro estampado de calaveras. Humo, sudor, gasolina, un perfume que nunca conseguí olvidar. El tacto del asiento, tu espalda, mi pecho. Quemando ruedas en dirección este escapando hacia una oscuridad interminable. Fuego en las manos.
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