Los copos caen lentos, sin prisa, sin orden. Han formado un manto delicado y frágil sobre la hierba que ya apenas se adivina. Cristales blancos que se funden al amontonarse sobre las piedras.
El horizonte es espeso, blanquecino. Una densa niebla se aproxima lentamente descendiendo desde la montaña hacia las casas de la ladera. Ya no distingo el establo ni las caballerizas donde los animales descansan resguardados del frío gélido.
A lo lejos, comienzan a iluminarse las luces del pueblo. Las chimeneas exhalan nubes grisáceas en contraste con la nieve acumulada sobre los tejados. Siguiendo la línea de la carretera sepultada bajo la nieve, alcanzo a ver la espadaña del santuario donde las campanas tocan las seis y recuerdan a los pocos paisanos que aún faenan en el campo que ya es hora de recogerse.
Los días han pasado rápido, sin prisa y sin orden. Las semanas se han evaporado, dejando atrás un año difícil.
El descanso ha surtido un efecto relajado, dejando una sensación mullida de sosiego y recuerdos de noches largas junto al fuego.
El futuro es incierto aunque no más que ayer. Las rutinas esperan a la vuelta a casa, al final de una carretera que me resisto a tomar. Pareciera que la nevada quisiera ser mi aliada dejándome encerrada en esta burbuja rural.
Estas últimas horas transcurren velozmente y yo, ante la perspectiva del inminente regreso, no puedo apartar los ojos de los copos de nieve que se deslizan perezosos tras la ventana.


