DÍAS DE MAR



En los últimos meses, cuando el confinamiento y la falta de actividad ha llegado a superar la barrera de lo soportable, ante la perspectiva de un largo verano tedioso y anodino: convaleciente, sin vacaciones y en un Madrid que es un horno, mi mente recurre constantemente a la evasión en forma de recuerdo, con una fijación obsesiva por rememorar días de playa pasados y excursiones costeras.

Una y otra vez reviso en mi memoria las solitarias puestas de sol frente a las infinitas arenas de Cofete, azotadas por el aire cálido y húmedo de los alisios...

...las torpes carreras buscando refugio ante las repentinas tormentas en Oyambre caladas hasta los huesos e impregnadas de ese aroma singular a agua salada y eucalipto...

...los recorridos en barco por Cap de Creus, buscando rincones desiertos donde echar amarres y disfrutar desnudos del sol Mediterráneo...

...las rutas por los acantilados asturianos de Peñas y Cabo Vidio, acompañados de gaviotas y cormoranes y el estruendo violento de las aguas chocando con las rocas...

...el momento maravilloso en que descubrimos por primera vez los fondos de coral de la Riviera Maya mexicana y la sensación indescriptible de llorar de emoción mientras buceábamos...

...aquella playa de piedras de Daimuz donde despedimos las cenizas de papá con un ritual nocturno metidos en el agua hasta la cintura, vertiendo lágrimas al mar...

...los paseos por los senderos que bordean As Catedrais durante la marea alta, y tú y yo haciendo equilibrios luchando contra el viento...

...los chapuzones en las tranquilas aguas del Guadalquivir desembocando en Sanlúcar entre marismas y salinas...

Pasan los días, las semanas, meses... y no sé cuándo sentiré de nuevo ese mar, esa luz, esa sensación que es a la vez refugio y vitamina. Su recuerdo lo hace todo más soportable, como la compañía de un buen amigo. Cuento los días que quedan para volver al único lugar donde siempre quiero regresar.