La vida de los miembros de esta familia no discurre en paralelo, su curso es errático y tras breves encuentros explosivos, como si del nacimiento de una estrella se tratase, cada cual sale disparado en direcciones contrarias siguiendo su propio curso. Y continuas tu día a día, refugiado en pequeñas rutinas que se convierten en vicios, regalando gestos no correspondidos, esperando una llamada que nunca se recibe.
La familia hilvanada es frágil. El tejido de recuerdos, silencios y tensiones, se resquebraja a cada momento, tiene los codos gastados y los botones sueltos. Los silencios... Silencios que duran semanas, meses, décadas. Silencios que nunca se rompen porque esconden secretos demasiado importantes: odios y amores, rencillas, envidias, desprecio, diferencias e indiferencia, equivocaciones y verdades, éxitos y fracasos, mentiras e ignorancia. Silencios que lo son porque en realidad no hay mucho que decir.
Una foto familiar es como el cuero viejo y sobado, de cierto valor, cuarteado y raído por los bordes. El desgaste profundo de los años siempre desluce al tejido nuevo por lustroso, feliz y querido que este resulte. Sus partes están unidas por hilos muy finos. Tirar de uno puede suponer desmontar toda la prenda, volver a recoser por enésima vez o poner un parche nuevo.
La familia hilvanada no es un traje que uno hubiera elegido en la tienda, no está de moda y ni siquiera sienta bien. Es la piel que nunca te puedes arrancar, tan sólo puedes dar puntadas sin hilo intentando aprender a llevar con dignidad las cicatrices imborrables y las arrugas. O arrancártela a jirones y desaparecer.