Cada día llevamos a cabo las mismas rutinas, recorremos los mismos lugares y pasamos junto a las mismas personas, sin siquiera llegar a percibir una pizca de la realidad que compartimos. Dejamos atrás mil historias ajenas y continuamos camino sin mirar atrás.
Cada mañana salgo de casa con prisa, afrontando con resignación la más de media hora de Metro que me lleva al trabajo. Me pongo los cascos y desconecto del ruido. Otras veces leo, hundo la nariz en las páginas de un libro y aprovecho para devorar letras.
Casi nunca miro a la gente, les intuyo tan somnolientos como yo. Odio esos momentos, me siento castigada, obligada a encerrarme bajo tierra con desconocidos que se aprietan y empujan. Esquivo miradas, no quiero verme reflejada en la mirada de otro yo aburrido y malhumorado. Y siempre queda lo peor: volver al final del día, cargando con el fastidio diario en dirección a los quehaceres caseros. Qué alegría.
Hoy ha sido diferente. Alguien ha hecho que el trayecto de vuelta a casa mereciera la pena. Las puertas se han abierto, han escupido su porción de humanos cariacontecidos, devorando a continuación un nuevo bocado de autómatas. Al cerrarse las puertas, unos acordes de guitarra han llamado mi atención. Una voz masculina, ronca pero dulcísima, ha comenzado a cantar una preciosa canción.
Al levantar la mirada he buscado al dueño de esa voz y esa guitarra que ha sido un inesperado regalo para los oídos. Chico treintañero, moreno, pelo rizado, chaleco negro, vaqueros y botas, collares de cuero, pendientes de aro. Un trovador moderno con pintas de rockero.
- Gracias señoras, señores, señoritas. Espero hayan disfrutado de mi música y si tienen a bien colaborar les solicito su ayuda: una moneda, dos, mil, una nómina, un trabajo, pastillas de menta o para la tos, una sonrisa, besos de tornillo, su número de teléfono, señores abstenerse! mil gracias por su atención...
No sólo canta bien y bonito sino que además es simpático. Me ha robado una sonrisa. Se ha paseado por el vagón recogiendo en su sombrero la calderilla y al llegar hasta el extremo donde yo estaba mis ojos se han cruzado con los suyos, me ha guiñado un ojo y me ha susurrado al oído con cantarín acento argentino:
-Nena, tú no me des nada, ésta ha sido para tí.
Y se ha quedado allí, a mi lado, mirándome con sonrisa burlona, con su guitarra colgada en bandolera, sin apartar sus ojos hasta que el tren se ha parado en una nueva estación.
Pacífico. Al abrirse las puertas, hemos salido empujados por la masa humana. Como a cámara lenta nos hemos dicho adiós, sin perder la sonrisa. Él se ha metido en el siguiente vagón y yo he continuado el camino a casa, como todos los días, como un día más.
Cada día se hace duro volver a casa, el cansancio y la rutina se adueñan de nuestro tiempo, tiempo que compartimos con mil desconocidos que sólo son sombras grises que se mueven a nuestro alrededor.
Cada jornada esos trayectos nos obligan a sentarnos frente a frente con personas que, en nuestra acelerada vida, no son sino autómatas sin nombre, de destino incierto, sin cara, sin voz, gente que pasa despercibida, sin pena ni gloria.
Hoy, este encuentro me ha alegrado la vuelta a casa, he regresado tarareando una canción que no conozco, con la mirada de un desconocido y su sonrisa grabada en mi mente. Pero sobretodo me ha hecho reflexionar y recordar que detrás de cada desconocido con el que nos cruzamos hay una persona, seres buenos, malos, felices, enfermos, agobiados, estresados, enamorados, tristes. Un amante, un médico, una monja, un ladrón, un solitario, un padre de familia, un jubilado, un masoquista, una ama de casa, un estudiante, una víctima, un chiflado, un pervertido, un artista, un amigo.
Gente como tú y como yo. Respetémonos.
Yo hoy me he cruzado con un trovador, un desconocido que me ha regalado una canción, un nuevo bicho verde que me ha alegrado el corazón. Ahora ya puedo volver a casa, llevo una nueva mariposa para mi colección.
