Pablo es un desconocido. Es una de esas caras con las que cruzamos a diario y a las que no prestamos atención, una de esas personas a las que preferimos no ver y cuya existencia preferimos ignorar.
Pablo es mendigo. Pide en la boca del metro de Diego de León. Apoyado en el muro de piedra, extiende la mano hacia los que suben las escaleras esquivando su presencia, evitando cruzar su mirada. Porque Pablo te mira a los ojos y murmura algo incomprensible, mitad saludo, mitad agradecimiento.
Pablo es casi un anciano. Pelo cano, piel arrugada, manos
encallecidas y cuerpo encogido bajo sus ropajes oscuros, porque Pablo guarda
luto por su hijo muerto hace poco más de tres meses. A veces lleva gafas, otros
días no. En ocasiones se muestra desaliñado, sin afeitar, legañoso y sucio. Hay
días en los que luce hecho un pincel, recién peinado y con la ropa limpia y
planchada.
Pablo me da los buenos días y me llama por mi nombre,
curiosamente el mismo nombre que el de su exmujer. Bueno, en realidad me llama
con el diminutivo que detesto. –Que tengas un buen día Pili. ¡Si el supiera que
no lo soporto…! Solo los más allegados se permiten usar ese nombre…
Pablo hace tiempo que está divorciado, me lo contó una
mañana en la que me detuve a charlar con él. También me habló de su hijo,
fallecido tras una larga enfermedad. Me lo contó llorando, agarrado a mi brazo.
No sé si buscaba consuelo, desahogo o quizás unas monedas, pero casi me hizo
llorar a mí, parados los dos en la puerta del metro. Creo que le dejé unas
palabras vacías de consuelo… e incómoda y avergonzada mascullé como excusa que
llegaba tarde. Al día siguiente no
estaba, quizás yo llegaba unos minutos antes, quizás fuese más tarde de lo
habitual.
Otro día Pablo me saludó, tocándome el brazo y sonriendo. Y
me retuvo para contarme lo duro que es estar en la calle, y que el calor es tan
malo como el frío. Me pregunta cómo funciona la Tablet, si leo mucho, si estoy
casada, si tengo hijos, si en mi empresa necesitan a alguien, porque Pablo
quiere trabajar, aunque sea sin cobrar, y me explica que no le gusta pedir pero
que la pensión no llega. Más que sonreír yo le regalo una mueca irónica, aunque
contesto a sus preguntas sin dar muchas explicaciones.
Una mañana no le vi. Ni al otro día, ni al siguiente. Pero el
lunes de nuevo Pablo estaba parado en la esquina de Francisco Silvela con
Alcántara, preocupado porque hacía días que no me veía, tan contento porque
alguien de mi empresa le había invitado a desayunar. Y yo sé quién es, porque
le he visto saludarle como lo hace conmigo.
Una vez Pablo me regaló el periódico. –Toma, para que leas
un rato cuando hagas descanso. Era un diario gratuito, manoseado y del día
anterior, pero lo cogí y lo llevé conmigo. Lo tengo en la oficina, en la
bandeja de “cosas” personales y recuerdos.
Hay días en los que mientras subo las escaleras mecánicas
pienso en la posibilidad de dirigirme a la otra salida y cruzar la calle sin
saludarle, mientras recorro los pasillos subterráneos pienso en no pararme y
evitarle, pero mi conciencia me lo impide. Cierro lo que vaya leyendo e intento
recordar si llevo alguna moneda en el monedero. A veces pienso en cuanta gente
cruzo y saludo a diario que nunca se ha molestado en preguntarme mi nombre. También
pienso en que llegará un día que no le vea más y si echaré de menos su saludo y
sus buenos deseos.
Me pregunto cómo me sentiría yo si la vida me llevase a
madrugar cada día para ponerme a pedir en una boca de metro o en un mercado o
en la puerta de una iglesia. Qué pensaría de la gente que rehúye mi mirada, mi
mano extendida, que esquiva mi presencia, que me ignora, que me ve pero no me
mira, que me mira sin ver. Dudo mucho de que yo fuera capaz de mostrarme
educada y mantener mi dignidad.
Pablo es un desconocido, es un mendigo, es la representación
de una parte de la sociedad en la que es mejor no pensar y que,
instintivamente, intentamos apartar; pero si un día al salir del metro pasas
delante de él, por favor, no le ignores, responde a su saludo, busca tu mejor
sonrisa y regálasela, lo agradecerá más que una moneda.